Aprendiendo a quererme, autoestima y mucho más

La autoestima habita de tal modo nuestras vidas, y está tan en boca de la mayoría que es difícil no tenerla presente. Valor personal, necesidades, estabilidad emocional, salud mental, derechos… son lados amables que se dibujan desde el ideario común, y que cuentan con el aplauso del conjunto; Pero ¿qué ocurre cuando la diferencia acampa y nos salimos de las pautas establecidas…? ¿cuando queremos ser nosotr@s mism@s pero estamos tan influenciad@s por la “contaminación de lo ajeno” – tan presente en las redes-, que nos perdemos entre los patrones dominantes… ¿Cuando perdemos el norte de lo que realmente queremos porque buscamos desesperadamente la aceptación?

Es por eso que en el taller transitamos por un continuo aprender a conocernos mejor en paralelo a un aprender a querernos más, un ejercicio de complicado equilibrio porque vivimos invadidos por la imagen y la diferencia, esa que nos aportan quienes nos rodean y que supone un resituar miradas, aceptar realidades y desactivar culpas.

La adolescencia es una etapa en la que l@s chic@s sufren altas y bajas en su nivel de autoestima, y el ejercicio de reconocerse y aceptarse se convierte en algo cotidiano que precisa del apoyo del entorno: de los amigos y de los adultos de referencia. Por eso, las críticas de padres y compañeros pueden hacer mucho daño, las comparaciones son raramente constructivas, y el conflicto continuado que no reconoce méritos genera: enfrentamiento, tristeza y abandono.

Hoy desde nuestra propia representación, hemos recordado nuestros logros, identificado nuestros puntos fuertes, potenciado nuestras cualidades, impulsado el aprendizaje desde nuestros errores, recordado el estar atentos para no comparar, y la meta compartida de construir la propia felicidad evitando la culpa por la infelicidad ajena.

Autorreconocimiento y abrazo

Construcción personal

Enlazando con el trabajo realizado en base al autoconcepto, seguimos indagando en el autorreconocimiento tomando nota de la percepción ajena y la propia. Pasamos de las zonas de luz a las zonas de sombra. Lo que más nos gusta de nosotras mismas y lo que menos, lo que aceptamos y lo que decidimos empezar a cambiar. En esta ocasión el Mito de Narciso es un excelente hilo conductor que nos acompaña con todas sus connotaciones.

El mito de Narciso y Eco

De esta historia extraemos la figura protectora de la madre que trata de confundir al destino manteniendo al hijo al margen del entorno (error). El joven (Narciso) que se ama a sí mismo viendo exclusivamente sus partes de luz y que tan solo recoge las percepciones positivas de los demás respecto a su persona, (de ahí el concepto de Narcisismo). La ceguera del entorno que perdona la arrogancia del muchacho ante su belleza (atención a los halagos excesivos). El protagonista (Narciso) se quiere pero no se conoce realmente (alta autoestima y bajo autoconcepto), se estanca en sí mismo volviéndose cruel (arrincona a la vulnerable Eco), y se vuelve dependiente de los halagos de los demás.

El collage y el dibujo son la base para elaborar nuestro Cuaderno de luz y sombra, donde van tomando forma mis zonas oscuras y mis pequeños objetivos.

Al final, rescatamos la interpretación de que el amor solo florece en ámbitos en los que prevalece la entrega consciente de todas las partes. Y es que si no nos valoramos como auténticas personas no podremos confiar en el amor de los demás y tampoco ofrecerles el nuestro. Es preciso que sentirnos especiales y queridos en relación a quiénes realmente somos, no en base a fantasías idealizadas.

Saber quien soy (II). Tu mirada y la mía.

Percibo la identificación de la propia identidad como un largo camino vital que se inicia desde el momento en que tomamos consciencia y va desarrollándose a lo largo de nuestra existencia. Somos esencia y todo lo que la circunda, y ese todo lo demás es lo que poco a poco decidimos modificar y reconstruir, (o no). Desvelar la esencia personal es un recorrido variable que requiere de valor y de honestidad, por eso es tan difícil de transitar. En mi caso, cuanto más escucho, cuanto más abierta estoy a la diferencia, y cuanto menos juicio ejerzo, más fácil y gratificante resulta el camino. Bienvenid@s quienes colaboráis en ese rompecabezas.

El ejercicio iniciado la anterior semana relativo a saber quien soy, enlaza hoy con una serie de dinámicas acerca de Como me construyo con tu mirada y como incorporo la mía. El modelado en plastilina como práctica de introspección, la emoción puesta en palabras, desembocan en movimiento corporal y risa liberadora.

Cada una ha elegido una flor, y en cada pétalo han brotado expresiones de las compañeras acerca de su percepción sobre las demás. Palabras hermosas, miradas mucho más generosas que la propia.

Y nuevos interrogantes:

¿Cuánto de lo que l@s demás proyectan sobre mí lo hago propio, con cuanto me identifico?

¿Cuánto es realmente verdad? ¿soy objetiva?

¿Cuánto sirve para empoderarme y hacerme crecer?

¿Cuánto me descorazona y me hunde?

¿Cómo gestionamos nuestro sentir ante la percepción que el otro tiene de mí?

¿Quiero cambiar? ¿qué quiero cambiar? ¿qué hago para cambiar?

Todavía, mucho trabajo por delante.

Saber quienes somos (I). Con mi mirada

Cuando hablamos de autoconcepto nos referimos al concepto que una persona tiene de sí misma (algo distinto a la autoestima -el amor que se tiene por un@ mism@-), nociones diferentes aunque muy relacionadas.

El autoconcepto puede ser realista o todo lo contrario. La cuestión es que si realmente sabemos quienes somos, podremos saber de qué somos o no capaces, cuales son nuestras fortalezas y debilidades, qué compromisos o no podemos asumir; y a partir de ahí decidir qué queremos abordar en nuestro proceso de crecimiento personal.

Para tener un buen autoconcepto lo primero que hay que hacer es conocerse muy bien. Cuando nos valoramos de modo demasiado positivo hablamos de personas narcisistas, que se creen con cualidades excepcionales y muy por encima de los demás. En este caso el autoconcepto se distorsiona, porque nadie está por encima de los otros, todos tenemos puntos fuertes y débiles.

También puede ocurrir que seamos excesivamente autoexigentes y nunca estemos conformes con nosotr@s mism@s, lo que supondrá un autoconcepto negativo. Es importante no dejarse arrastrar por ninguno de los dos porque, nos va a perjudicar a nosotr@s mism@s, y  dado que nos construimos como individuos sociales va a influir negativamente en nuestras relaciones.

Así pues se trataría de conocerse lo mejor posible; para ello hoy nos hemos preguntado cómo nos percibimos verdaderamente desde: el gesto en el espacio, la plástica (el dibujo y el collage), y la palabra.

En paralelo, se han abierto puertas relativas a cómo nos gustaría ser, y la expresión de cómo nos perciben los demás ha empezado a manifestarse. En nuevas intervenciones profundizaremos en este ejercicio de identificación de identidad.

Lo visible invisible

Alguna vez te has parado a preguntarte: ¿Cuantas cosas pasan cotidianamente a mí alrededor-que deberían importarme-, y de cuantas realmente me doy cuenta? Porque eso, darnos cuenta, ser de verdad conscientes del fondo de las cosas significativas, transforma lo invisible en visible, y hace que nuestra forma de operar sea totalmente diferente, lo que en ocasiones separa el acierto del error.

Las apariencias engañan

Y es que no siempre lo que “parece” responde a la realidad. Muchos y muchas recordaréis aquello de “las apariencias engañan”, y es cierto, confunden y mienten, pero ahí están, con la carcasa con la que sea que se muestren. Como los juegos de sombras de: Tim Noble and Sue Webster, Kumiya Mashita, Shigeo Fukuda, Diet Wiegman, que hoy utilizamos en la sesión como “disparadores”. Inspiradores de lo que vemos en primera instancia pero que ocultan lo que estando, se nos escapa.

Visibilizando lo profundo

Desde ahí, hemos visibilizado lo profundo: lo que queremos decir y no somos capaces, lo que se nos engancha a la cabeza y no nos deja descansar, lo que pensamos/creemos/imaginamos y luego vemos que no es. Hemos plasmado la dificultad de expresar muchas veces lo que sentimos o experimentamos, y la necesidad de seguir indagando en ese camino de clarificar el mensaje. Comunicación, expresión, escucha activa, lenguaje, reflexión y empoderamiento frente a vergüenza, miedo, y puro desconocimiento.

Metodologicamente nos hemos servido:

→ del trabajo corporal

→ de la narrativa personal compartida y enriquecida por el grupo

→ de la expresión plástica sobre diversos soportes -algunos dándose la mano en un puzzle de lo simbólico-.

La memoria afectiva. IntrepidART

 

 

El proyecto con el que hemos contribuido al III Encuentro Multidisciplinar de Arte Digital IntrepidART, focalizado en ”La memoria”, ha propiciado el que estableciéramos un puente entre parte de los objetivos del ciclo (abordaje de las emociones desde el pensamiento creativo), y la MEMORIA, centrándonos en la parte AFECTIVA, surgiendo así “La memoria afectiva“.

Los chicos y chicas han explorado el cuerpo propio y el ajeno, la mirada más y menos condicionada, la distancia, la huella… y han expresado desde la más rica gestualidad lo que les mueve y conmueve, lo que les hizo vibrar, lo que la memoria rescata desde la afectividad para seguir conectados y conectadas a la vida y al momento presente. Han volcado su sentir desde la palabra, desde la poesía, desde la auto-fotografía y la fotografía al otro, resignificando la “otredad”. Generando un proyecto de arte comunitario con componentes sociales y afectivos significativos.

Lo que pasa cuando elijo 

El mito de Paris y todo lo que le rodea, nos sirve de arranque e inspiración para este nuevo taller. Como todas las historias míticas acoge gran cantidad de significados, ante los que es preciso desmadejar como si de un ovillo se tratara.

La historia abre la puerta a diferentes temáticas: la competición, los celos, las consecuencias de mis elecciones… Cuando en la vida nos toca elegir entre algo que nos gusta y algo que nos desagrada es muy-muy fácil. Personalmente me cuesta ocupar el concepto de elección en estos casos, porque lo que vamos a escoger está escogido “per se”. Ahora, cuando nos encontramos con circunstancias en las que tenemos que decidir entre opciones que nos agradan, o entre alternativas que nos disgustan, la cosa se pone complicada, porque hay que medir muy bien el peso de nuestra decisión, prever las consecuencias, asumir que vamos a ser capaces de aceptarlas y asumirlas; dejando un margen de incertidumbre difícil de gestionar. Cuando nos situamos en ese momento presente en el que lo que tenemos resulta insuficiente, nos colocamos en una situación de responsabilidad y madurez que requiere que podamos sostener lo que pasa cuando elijo. 

Dicho lo cual, considero el modo condicional como un gran aliado de la literatura, por eso cada vez que ante un hecho pasado escucho el “si hubieras hecho tal o tal cosa…”, me revuelvo ante la injusticia e inconsistencia de una afirmación de tal calibre, realizada con un conocimiento “a posteriori”, inexistente en el momento de la elección.

París distraído, Hermés meditabundo, Atenea desdoblada, racial Afrodita, Hera anfitriona, y Eros enredando.

Tras la narración mítica, hacemos pequeños grupos de dos y tres personas identificando situaciones ante las que me cuesta o me ha costado decidir. Conformamos un juego de personajes inspirado en el mito y su contemporaneidad, que luego plasmamos en un role playing, desgranando lo que pasó ante mis decisiones, y el aprendizaje que ha supuesto para procesos futuros.

Elijo que me critiquen como soy, a ser alguien que no soy
Elijo declararme al chico que me gusta y que me deje en la “friend line”, a quedarme con uno que no me gusta aunque yo le guste.
Prefiero quedarme sin móvil a quedarme sin mascota.
Entre dos personas a las que quiero mucho como mi mamá y mi papá, no puedo elegir.
Me da igual elegir (Elijo no elegir).

 

La mirada poliédrica

Apoyándonos en el pensamiento creativo, nos sumergimos en el abordaje de la imagen propia. Trabajamos la mirada poliédrica (las múltiples miradas y expresiones del rostro ante una realidad compartida). Con el “disparador “ de como me veo/como te veo: de la alegría a la tristeza, nos lanzamos a una reflexión individual que más tarde se abre al grupo relativa a mi manera de expresar mi alegría y mi pena.

Arrancamos con una narrativa  verbal que trasladamos a lo visual:

Cómo te ríes?  cómo lloras? de qué modo? sonoro? suave? a escondidas? cuanto te dura? por los nervios? de verdad? qué haces cuando el otro ríe/llora?

Cómo me veo. Garabato

Cómo me veo, mi alegría y mi tristeza

A partir de ahí, cada un@ se mira en un espejito con el que recorre el propio rostro, identificando la parte del mismo más representativa al expresar alegría y tristeza: los ojos, la boca, la nariz, los hoyuelos… La reconocemos y representamos garabateando. Teniendo como inspiración el garabato de Winnicott quien lo propone como sustituto a la hora del juego, recurso alternativo que permite la exploración de la naturaleza ante la interacción del sujeto con su mundo interno.

Como te veo. Fotografía

A continuación hacemos parejas de modo que cada compañero plasma a través de una fotografía la fracción del rostro del otro más representativa cuando expresa  alegría o tristeza.

Curioso cómo la expresión propia y la ajena no siempre son coincidentes, como los elementos que nos informan del estado del otro pueden pasarnos desapercibidos… o cobrar intensidad.

Y me pregunto si en un grupo que se conoce pasa esto… ¿qué no pasará entre desconocidos? ¿Observamos al otro, escuchamos su rostro, su cuerpo…? ¿Interactuamos con él, o más bien nos lanzamos a expresar lo que a nosotros nos ocupa?

Me hago mayor. Cambio y descubrimiento

Vivimos condicionados por lo que fuimos y creemos que seguimos siendo, y hasta las cosas que hemos arreglado, o creemos que hemos resuelto, siguen produciendo un efecto en nosotros, lo que también se traduce en las limitaciones que ponemos a nuestra vida, en nuestros avances y aparentes retrocesos.

Construimos y destruimos nuestra autoestima, aprendiendo de los errores y situando la frustración, hasta darnos cuenta una y otra vez, que se trata de estar continuamente haciendo camino, de trabajar sobre ello para “volver a ser, para recuperarse uno mismo” y convertirse en persona.

Las emociones nos envuelven, el sentir se transforma en pensamiento y a partir de ahí nos ponemos en acción. No todas las emociones negativas son malas. Me encuentro continuamente con devastadoras y confusas propagandas sobre la necesidad de reconquistar el ser feliz frente a la pena, como si las emociones “bajas” fueran malas. Estamos diseñados para experimentar la alegría y la tristeza, el dolor, el miedo, la sorpresa… todo tiene sentido y todo está interrelacionado, no podemos vivir solo en la luz, del mismo modo que vivir solo en la sombra sería inviable. La pena, la pérdida, el dolor simplemente están, y en ocasiones son grandes inspiradores. Resulta duro y exigente este mundo en el que todo tiene que ser “limpio y bonito”. Me encanta el Elogio de la sombra de Tanuzaki con esa alusión permanente a la belleza de lo efímero, la ausencia de luz, la importancia de la huella, de la fractura, y la necesidad del otro lado para poder estar en equilibrio, el famoso yin y yang del universo oriental.

En medio de todo me hago preguntas y exploro mis respuestas. Me miro al espejo, me cuestiono, pregunto como me ve el otro, escucho, analizo el contraste, me construyo con mi mirada y con la ajena. Cambio, me dejo aconsejar, sabiendo que el consejo del otro  es una orientación para decidir, nunca una obligación, descubro. Abordamos la confianza, esa forma de entrega que ocurre casi sin que te lo propongas, confío. Nos detenemos en la imagen de uno mismo generada desde lo emocional sumergiéndonos en un ejercicio de reconocimiento de nuestro rostro a partir de la fotografía, lo enlazamos con el reconocimiento del otro. La imagen percibida desde diferentes miradas y mi autopercepción.

Tercera piel, mi espacio vivido

Una de las cosas que nos rodean y nos construyen tiene que ver con el espacio que ocupamos y nuestra relación con él, de ahí esa continuidad de nosotros mismos en lo que hemos denominado “tercera piel”.

Puede que no siempre seamos conscientes del peso simbólico que el espacio ejerce en nosotros y en los que nos rodean, pero si un@ se fija, cuando accede al espacio físico perteneciente a otra persona, se adentra en un territorio lleno de información, significado, y claves para desentrañar a la persona.

La casa de cada un@

La instancia más inmediata del espacio vivido es la casa de cada un@, y dentro de la casa, la pieza o piezas que consideramos propias. Puede que un adulto se encuentre más en sintonía con la cocina -por ejemplo-, que con el dormitorio; pero en el caso de los adolescentes, la pieza más próxima suele ser la habitación de cada un@. El que sea compartida o no determinará cómo definimos y limitamos nuestro “espacio” o “sub-espacio” más personal y cercano.

Hoy hemos abordado la plasmación de ese espacio y la ensoñación sobre el mismo. Hemos partido de cada realidad personal, para adentrarnos en la fantasía, retomando elementos realistas necesarios para tomar consciencia y redefinir como querríamos y podríamos configurarlo.

Más espacio, más o menos cosas, el orden y la distribución del mobiliario, el color de las paredes, el del suelo y el del techo, incluso… Un conjunto de elementos a considerar sabiendo que el significado simbólico del espacio tiene una gran incidencia sobre los procesos situados en la base de la identidad social en relación con el entorno. La Psicología Ambiental, (disciplina que analiza las relaciones entre las personas y su entorno), evaluaría y situaría estos elementos y su interrelación.