Saber quienes somos (I). Con mi mirada

Cuando hablamos de autoconcepto nos referimos al concepto que una persona tiene de sí misma (algo distinto a la autoestima -el amor que se tiene por un@ mism@-), nociones diferentes aunque muy relacionadas.

El autoconcepto puede ser realista o todo lo contrario. La cuestión es que si realmente sabemos quienes somos, podremos saber de qué somos o no capaces, cuales son nuestras fortalezas y debilidades, qué compromisos o no podemos asumir; y a partir de ahí decidir qué queremos abordar en nuestro proceso de crecimiento personal.

Para tener un buen autoconcepto lo primero que hay que hacer es conocerse muy bien. Cuando nos valoramos de modo demasiado positivo hablamos de personas narcisistas, que se creen con cualidades excepcionales y muy por encima de los demás. En este caso el autoconcepto se distorsiona, porque nadie está por encima de los otros, todos tenemos puntos fuertes y débiles.

También puede ocurrir que seamos excesivamente autoexigentes y nunca estemos conformes con nosotr@s mism@s, lo que supondrá un autoconcepto negativo. Es importante no dejarse arrastrar por ninguno de los dos porque, nos va a perjudicar a nosotr@s mism@s, y  dado que nos construimos como individuos sociales va a influir negativamente en nuestras relaciones.

Así pues se trataría de conocerse lo mejor posible; para ello hoy nos hemos preguntado cómo nos percibimos verdaderamente desde: el gesto en el espacio, la plástica (el dibujo y el collage), y la palabra.

En paralelo, se han abierto puertas relativas a cómo nos gustaría ser, y la expresión de cómo nos perciben los demás ha empezado a manifestarse. En nuevas intervenciones profundizaremos en este ejercicio de identificación de identidad.

El lugar de la empatía

Ponerse en el lugar del otro ¿es eso la empatía? ante una situación ajena, de alguien importante para mí, imaginar “¿cómo haría yo, que sentiría, y qué me gustaría que hiciera el otro?” Pero… y si todo eso que percibo, siento, necesito y hago NO ES lo que el otro precisa de mí, porque aunque objetivamente la situación sea la misma, lo qué pasa, lo que cada uno vive y necesita… lo vivimos de modo diferente?

Intuir, conocer y amar al otro

Quizá se trate de conocer suficientemente al otro, tal vez “amar al otro”, para poder intuir, apreciar, saber qué es lo que requiere de mí, averiguar en qué lugar he de que colocarme para sustentarle, para darle lo que precisa, ese soplo que para cada uno tiene una dimensión, un peso, y una duración  diferente.

Arrancamos con una sería de preguntas fruto del autoconocimiento, que cada participante responde individualmente y que más tarde, de manera anónima, cada una decide qué quiere y qué no quiere compartir con el grupo. Se trata de un ejercicio en el qué la clave es colocarse en el lugar del otro, trasladando el propio sentir, más cercano al del otro, provocado por una situación que no tiene por qué ser forzosamente la misma.

  1. ¿Qué te gustaría preguntar a alguien muy  cercano, qué nunca te atreviste a hacer?
  2. ¿Qué no dirías nunca?
  3. Algo que recuerdes y te haya dolido mucho
  4. Lo que mas te gusta de tu mejor amigo o amiga
  5. Lo que menos
  6. Algo que nunca perdonarías
  7. ¿Volverías a confiar en alguien que te haya engañado?
  8. ¿Qué te preocupa?
  9. ¿Qué es lo que más te gusta de tu cuerpo?
  10. ¿Lo que menos?

A continuación, expresamos lo vivido en un dibujo “en dominó”, en círculo, cada una con una hoja y tan solo dos colores, tratando de no condicionarnos con lo que ocurre a nuestro lado. Cada participante expresa de manera individual algo que continuará la compañera y que irá evolucionando con la aportación de cada persona.

Al final, acabamos con la lámina con la que comenzamos y componemos un rompecabezas grupal.