La familia construida

Una de las leyendas del árbol de Wanamey explica los orígenes de los humanos: Al parecer, los primeros pueblos fueron hijos del día y de la noche. Cuando tras la oscuridad se hizo la luz y el sol iluminó la tierra, apareció la humanidad y con ella surgieron los animales antiguos. 

Durante muchos años vivieron inocentes en paz y armonía. Cuando el hombre comenzó a desarrollarse se inició desorden. Los animales dejaron de convivir, y se entró en un periodo de desequilibrio.

Para que los humanos se salvaran del desastre eligieron a una pareja pura, de cuya unión nació un bebé, y de su interior surgió el árbol de la vida.

La historia es más larga y compleja, aclarando muchos conceptos desde el pensamiento mítico. Lo que a nosotros nos interesaba era tomar el mito como inspiración; y a partir de ahí, trasladar en forma de árbol, la gran familia que se ha ido construyendo a partir del vínculo creado entre los participantes del taller y que ha extendido sus ramas fuera del mismo.

La inspiración plástica de múltiples árboles de la vida da forma a una sencilla representación, que recoge el tejido de interrelaciones generadas de manera espontánea, y que evoluciona con la atribución de roles y características.

El árbol que surge es un producto invertido, nace en la copa, multiplica sus ramas con bifurcaciones y relaciones generando frutos muy personales.

Una metáfora de la familia construida por estos chicos y chicas, en la que cada participante tiene un papel concreto y significativo: la madre, las hijas, los padres, los y las hermanos… Una representación reflejo de un deseo compartido y la necesidad de vinculación afectiva más allá de lo biológico.

Huella de afectos y juego transformador

Cada vez que en esta ciudad, me acerco a contemplar el trabajo artístico que se realiza con los más pequeños, me debato entre dos bloques de “sentires” que me resultan contradictorios. Por un  lado: el reconocimiento, el agradecimiento y la empatía. Por otro: la decepción, la crítica y la rebelión. El primer conjunto de “sentires” aprecia la entrega y el trabajo de los educadores, y pone en valor el recorrido con l@s chavales. El segundo, tiene que ver con la constatación desde hace años, de que conceptos relacionados con: pensamiento creativo, educación artística, desarrollo emocional desde las artes, SOLO se desarrollan con los más pequeños; y cada vez que me ocurre esto, me pregunto: ¿qué pasa, que los niños no crecen? ¿qué ocurre con los preadolescentes, y con los adultos? con todos los demás ¿no tienen necesidades educativas emocionales

En general, nuestros niños aterrizan en la guardería, de ahí pasan al colegío, y más o menos hasta los 6 años tienen un acompañamiento artístico-emocional muy intenso. Después, de modo variable, ÉSTO queda interrumpido. El concepto de juego evoluciona hasta diluirse y llegar a la adolescencia en la que ya estamos absolutamente desocupados delproceso. Y es cierto, son edades difíciles, de mucho cambio físico, mental y emocional; edades en las que l@s chic@s no saben ni lo que quieren, ni como transmitirlo. Por no saber, a veces no saben ni LO QUE NO QUIEREN, y precisamente por ello es cuando más necesitan de todos estos estímulos y acompañamiento.

Juego simbólico y transformación

No creo que sea muy transformador el protestar y quejarse, me parece más enriquecedor expresar cómo ve un@ las cosas y trabajar al mismo tiempo contribuyendo al cambio.

La sesión de hoy conceptualmente estaba enfocada en la huella que en nosotros dejan los afectos. Hemos partido del juego simbólico construyendo una historia fantástica en la que entre los propios participantes han determinado sus  roles. En el reparto ha estado muy presente el origen de cada uno, el lugar al que llegaban (en conexión con la flor distinta), las características de cada participante que determinaban sus nuevas aptitudes. El “conductor del juego” ha orquestado el hilo de una historia en la que convivían: una paladin, una hechicera, una cazadora, una maga, una pícara, una guerrera… Después, hemos hecho visible la huella de los afectos en un gran mapa de sal de colores sobre papel continuo.

Lo que pasa cuando elijo 

El mito de Paris y todo lo que le rodea, nos sirve de arranque e inspiración para este nuevo taller. Como todas las historias míticas acoge gran cantidad de significados, ante los que es preciso desmadejar como si de un ovillo se tratara.

La historia abre la puerta a diferentes temáticas: la competición, los celos, las consecuencias de mis elecciones… Cuando en la vida nos toca elegir entre algo que nos gusta y algo que nos desagrada es muy-muy fácil. Personalmente me cuesta ocupar el concepto de elección en estos casos, porque lo que vamos a escoger está escogido “per se”. Ahora, cuando nos encontramos con circunstancias en las que tenemos que decidir entre opciones que nos agradan, o entre alternativas que nos disgustan, la cosa se pone complicada, porque hay que medir muy bien el peso de nuestra decisión, prever las consecuencias, asumir que vamos a ser capaces de aceptarlas y asumirlas; dejando un margen de incertidumbre difícil de gestionar. Cuando nos situamos en ese momento presente en el que lo que tenemos resulta insuficiente, nos colocamos en una situación de responsabilidad y madurez que requiere que podamos sostener lo que pasa cuando elijo. 

Dicho lo cual, considero el modo condicional como un gran aliado de la literatura, por eso cada vez que ante un hecho pasado escucho el “si hubieras hecho tal o tal cosa…”, me revuelvo ante la injusticia e inconsistencia de una afirmación de tal calibre, realizada con un conocimiento “a posteriori”, inexistente en el momento de la elección.

París distraído, Hermés meditabundo, Atenea desdoblada, racial Afrodita, Hera anfitriona, y Eros enredando.

Tras la narración mítica, hacemos pequeños grupos de dos y tres personas identificando situaciones ante las que me cuesta o me ha costado decidir. Conformamos un juego de personajes inspirado en el mito y su contemporaneidad, que luego plasmamos en un role playing, desgranando lo que pasó ante mis decisiones, y el aprendizaje que ha supuesto para procesos futuros.

Elijo que me critiquen como soy, a ser alguien que no soy
Elijo declararme al chico que me gusta y que me deje en la “friend line”, a quedarme con uno que no me gusta aunque yo le guste.
Prefiero quedarme sin móvil a quedarme sin mascota.
Entre dos personas a las que quiero mucho como mi mamá y mi papá, no puedo elegir.
Me da igual elegir (Elijo no elegir).

 

Mi mayor desafio

Uno de los mitos que me resulta más inspirador a la hora de pensar en los desafíos es el de Marsias, un sátiro que se atrevió a retar al dios Apolo tocando una melodía musical.

Desafiar a un dios era algo arriesgado y en cierto modo temible; si no se superaba el reto, la divinidad castigaría “con razón” al contrincante; si por el contrario, se superaba, era fácil pensar en que en el momento más insospechado se sufriría uno u otro escarmiento.

Marsias fue arriesgado, máxime sabiendo las habilidades de Apolo con la lira, pero ¿qué es la vida sin desafíos? ¿sin retos que nos ayuden a superarnos? ¿sin sueños que nos saquen de nuestra zona de confort?

Con esta historia como telón de fondo, arrancamos una sesión en la que generamos varias dinámicas que propician el que cada participante comience a indagar en: ¿cuál es la actividad que he hecho, que habiendo necesitado de mi esfuerzo, me ha hecho sentir más satisfecho, porqué? ¿a qué me condujo todo lo que pasó mientras tanto…?

Con todo ello construimos una escenografía personal a base de telas y accesorios, que nos hacen aterrizar en el mayor desafío de cada un@, en cómo, cuando y porqué lo hicimos… Abordamos también lo que fue un fracaso, pero sirvió para aprender, lo que generó en los demás, en lo que ocurrió después, y la repercusión que tiene en el ahora.

Ponemos atención a las señales corporales que nos “avisan” de lo que nos conviene y lo que no. Planteamos la importancia de romper barreras, la necesidad de ponernos objetivos con pasos y tareas para acometerlos, rescatamos el valor de la persistencia, y nos lanzamos a la aventura.

 

 

La actitud ante la ofensa

En esta ocasión nos servimos de la dramatización y la experiencia plástica para expresar y “situar” cómo nos posicionamos ante la ofensa. Historias del pasado, y acontecimientos del presente sirven para exteriorizar el que nos enfademos o no ante la actitud de los demás. La cuestión es hasta que punto esto lo podemos elegir.

Historias varias y materiales mixtos para situar la actitud ante la ofensa

No se trata solo de la buena o “mala” intención de manera expresa del prójimo, es un poquito más complejo. Yo me lo planteo como si hubiera dos frentes, el del otro y el mío propio. En el frente del otro hay varios elementos, lo que tiene que ver con la naturaleza de la persona que tengo al otro lado, y lo ligado a lo circunstancial. En mi propio frente está también mi esencia (cómo me tomo las cosas de modo natural), y el momento que vivo cuando alguien me ofende.

Con el otro solo podemos entender y/o aceptar, lo que a veces se traduce en “pasar” de lo que me han dicho. Con nosotros tenemos más margen de maniobra, podemos “subir a otro plano” observar lo pasado desde fuera, evitar que nos afecte personalmente, e incluso colocarlo como una enseñanza vital.

No te tomes nada de manera personal

Una manera de abordarlo desde la mitología latinoamericana es la perspectiva del águila, que supera la de los animales que están “abajo”, contemplando el universo desde las alturas. Algo que Miguel Ruiz con sus cuatro acuerdos toltecas recoge en el cuarto: No te tomes nada de manera personal.

Y es que, lo que hacemos con lo que nos ocurre, con lo que los demás nos dicen, tiene en gran medida que ver con nosotros, con lo que queremos hacer, con lo que dejamos que nos construya y con lo que permitimos que nos mine y nos desmorone. Cuando hacemos frente a la idea de que los demás quieren hacernos daño, empezamos a reducir la energía negativa y tóxica de quien quiere herirnos, y acabamos diluyéndola.

 

Adolescencia y sinceridad

Una “Rueda del sentir” tras unos días de descanso, de desconexión con lo habitual, y de encuentro con un nuevo año, es siempre muy rica y variada.

Alrededor de las pequeñas-grandes anécdotas que engloban a la familia y a los amigos, surgen muchas preguntas relacionadas con temas que les importan, pero que a los adolescentes les cuesta verbalizar; especialmente todo lo relativo a las nuevas formas de sexualidad, con múltiples interrogantes, que recogemos para abordarlo más adelante de manera específica.

Necesidad de transparencia

Precisamente, este contenido nos ha llevado a la necesidad de transparencia frente a la ausencia de la misma.

Las mentiras en la adolescencia se suelen generar cuando l@s chic@s empiezan a demandar más libertad en casi todas las áreas, y no se sienten escuchados. Las diferencias con los padres y los adultos se agudizan; y buscan la complicidad con los amigos, la aceptación y el no sentirse juzgados. Los progenitores, por su parte, consideran que sus hij@s aún no son suficientemente mayores para hacer ciertas cosas, y les protegen con impedimentos que l@s chic@s no suelen comprender. El caso es que en muchas ocasiones hay desentendimiento, enfrentamiento, y falta de confianza.

El “ya no soy un/ niñ@” expresa el momento vital de los 12, 13 años, cuando l@s chic@s comienzan a descubrir que están dejando de ser niños. Salir de esta etapa les lleva a situaciones de indecisión ante los padres (que aún piensan que son pequeños), y los amigos (a los que tienen que demostrar que están a su altura). Estar “a bien” con ambas partes supone que en ocasiones, mientan, y se enreden en situaciones complicadas de las que cuesta salir airosos.

Como adultos, lo primero es ser conscientes de la necesidad de asentar buenas bases sobre la confianza y la verdad. Para ello, sugerimos:

1.- Analizar sus razones para mentir y revisar lo que “hay detrás”, los verdaderos motivos por los que se miente: para conseguir algo, para eludir un problema, para evitar una realidad que les disgusta, para quedar bien, para llamar la atención…

2.- Crear y mantener un ambiente de sinceridad, confianza y diálogo, sin juicio ni reproches, con responsabilidades. Generando espacios en los que hablemos y escuchemos todos.

3.- Contrastar nuestra manera de proceder con adultos y educadores. Varias miradas aportan mayor riqueza sobre nuestra percepción.

Tras escuchar la historia de la “Flor de la verdad”, una leyenda oriental, nos hemos sumergido en un universo de imágenes representando el valor de la sinceridad para cada un@.

Mi emoción cuando me duele

Hoy abordamos la emoción que siento cuando algo me duele, cuando algo me hace daño. Fue hermoso el intercambio de historias, gestos, trazos y palabras desde el respeto y la conexión, más allá de los caracteres y realidades de cada una.

Procesos y resultados desiguales

Las dificultades y problemas que los adultos “sufrimos” cada día, pueden llegar a resultarnos de un gran peso. El corazón y la cabeza no siempre van de la mano, y alinear nuestras prioridades y entrenar las herramientas de que disponemos para “colocarlo todo” de la mejor manera posible, es una tarea cotidiana de procesos y resultados desiguales.

En paralelo, la densidad de las contrariedades de los adolescentes, si bien nos pueden resultar muy lejanas e incomprensibles; para ellos pueden llegar a tener una carga que en ocasiones supera la de los mayores.

Cómo vivimos lo que nos ocurre

No se trata tanto del hecho objetivo, sino más bien de cómo vivimos lo que nos ocurre, cómo nos situamos y como lo abordamos.

Muchas veces el problema es que medimos las cosas y las dificultades según nuestros parámetros. Por eso la empatía es tan rara, ¿cómo ponerme en tu lugar si estoy condicionado por mi esencia, mi trayectoria, mi sistema de creencias? ¿cómo ponerme en tú lugar si sigo en mi lugar?

Los pasos más sencillos pasarían por: Entender- Aceptar-Abrazar. Pero ¿qué ocurre cuando no entiendo? pues que solo queda aceptar y abrazar, desde la autenticidad. Colocarnos verdaderamente en la realidad del otro, sintonizando con su pena y su dolor, y para eso hay que olvidarse de un@ mism@ y querer mucho.