Plástica confianza

La confianza es uno de los elementos más importantes en la construcción de la persona, es la base de nuestras relaciones personales, profesionales y sociales. Por eso es tan importante tenerla, tan difícil conseguirla y tan fácil perderla.

La confianza social

La confianza social parte de la percepción que tenemos de que la mayoría de las personas tienen buenas intenciones, son respetuosas y honestas, algo que me trae a la mente a J. J Rousseau: “el hombre es bueno por naturaleza” (es la sociedad la que le corrompe), frente a la afirmación de Hobbes: “el hombre es un lobo para el hombre”.

Lugares difíciles de sostener

Entre ambos, todo un mundo de matices y posibilidades, de personas confiables o no, y de circunstancias que nos impulsan a remar en uno u otro sentido (confiar o desconfiar), condicionados: por lo que puede o no ocurrir, por desconocimiento, por el miedo al conflicto, por la dificultad en abordarlo, por ignorancia, por la diferente visión y proporción de las cosas, por experiencias pasadas… Elementos que hacen fluctuar nuestra credibilidad y que nos sitúan en incómodos y a veces lugares difíciles de sostener.

Confiar en nosotros mismos y en los demás

La vida está llena de retos e incertidumbres ¿Qué podemos hacer si todo resulta demasiado inseguro? Lo primero, confiar en nosotros mismos, en nuestra fortaleza y poder de adaptación, en nuestra capacidad de responder a los desafíos. A continuación, confiar en los demás.

Sabiendo que todos somos imperfectos, que podemos fallar igual que nos pueden fallar. Siendo realistas con nuestras expectativas. Comprendiendo. Dándonos y dando nuevas oportunidades. Perdonando. Aceptando y volviendo a intentarlo. Todo un aprendizaje en el que el ensayo/error están a la orden del día.

Hoy hemos hemos recurrido al mito de Orfeo y Eurídice y la necesidad de confiar. Y hemos expuesto diferentes situaciones en las que los modos de confiar han tomado forma mediante plastilina de colores, ilustrando las relaciones que tejemos con nuestro entorno.

Autorreconocimiento y abrazo

Construcción personal

Enlazando con el trabajo realizado en base al autoconcepto, seguimos indagando en el autorreconocimiento tomando nota de la percepción ajena y la propia. Pasamos de las zonas de luz a las zonas de sombra. Lo que más nos gusta de nosotras mismas y lo que menos, lo que aceptamos y lo que decidimos empezar a cambiar. En esta ocasión el Mito de Narciso es un excelente hilo conductor que nos acompaña con todas sus connotaciones.

El mito de Narciso y Eco

De esta historia extraemos la figura protectora de la madre que trata de confundir al destino manteniendo al hijo al margen del entorno (error). El joven (Narciso) que se ama a sí mismo viendo exclusivamente sus partes de luz y que tan solo recoge las percepciones positivas de los demás respecto a su persona, (de ahí el concepto de Narcisismo). La ceguera del entorno que perdona la arrogancia del muchacho ante su belleza (atención a los halagos excesivos). El protagonista (Narciso) se quiere pero no se conoce realmente (alta autoestima y bajo autoconcepto), se estanca en sí mismo volviéndose cruel (arrincona a la vulnerable Eco), y se vuelve dependiente de los halagos de los demás.

El collage y el dibujo son la base para elaborar nuestro Cuaderno de luz y sombra, donde van tomando forma mis zonas oscuras y mis pequeños objetivos.

Al final, rescatamos la interpretación de que el amor solo florece en ámbitos en los que prevalece la entrega consciente de todas las partes. Y es que si no nos valoramos como auténticas personas no podremos confiar en el amor de los demás y tampoco ofrecerles el nuestro. Es preciso que sentirnos especiales y queridos en relación a quiénes realmente somos, no en base a fantasías idealizadas.

La familia construida

Una de las leyendas del árbol de Wanamey explica los orígenes de los humanos: Al parecer, los primeros pueblos fueron hijos del día y de la noche. Cuando tras la oscuridad se hizo la luz y el sol iluminó la tierra, apareció la humanidad y con ella surgieron los animales antiguos. 

Durante muchos años vivieron inocentes en paz y armonía. Cuando el hombre comenzó a desarrollarse se inició desorden. Los animales dejaron de convivir, y se entró en un periodo de desequilibrio.

Para que los humanos se salvaran del desastre eligieron a una pareja pura, de cuya unión nació un bebé, y de su interior surgió el árbol de la vida.

La historia es más larga y compleja, aclarando muchos conceptos desde el pensamiento mítico. Lo que a nosotros nos interesaba era tomar el mito como inspiración; y a partir de ahí, trasladar en forma de árbol, la gran familia que se ha ido construyendo a partir del vínculo creado entre los participantes del taller y que ha extendido sus ramas fuera del mismo.

La inspiración plástica de múltiples árboles de la vida da forma a una sencilla representación, que recoge el tejido de interrelaciones generadas de manera espontánea, y que evoluciona con la atribución de roles y características.

El árbol que surge es un producto invertido, nace en la copa, multiplica sus ramas con bifurcaciones y relaciones generando frutos muy personales.

Una metáfora de la familia construida por estos chicos y chicas, en la que cada participante tiene un papel concreto y significativo: la madre, las hijas, los padres, los y las hermanos… Una representación reflejo de un deseo compartido y la necesidad de vinculación afectiva más allá de lo biológico.

Lo que pasa cuando elijo 

El mito de Paris y todo lo que le rodea, nos sirve de arranque e inspiración para este nuevo taller. Como todas las historias míticas acoge gran cantidad de significados, ante los que es preciso desmadejar como si de un ovillo se tratara.

La historia abre la puerta a diferentes temáticas: la competición, los celos, las consecuencias de mis elecciones… Cuando en la vida nos toca elegir entre algo que nos gusta y algo que nos desagrada es muy-muy fácil. Personalmente me cuesta ocupar el concepto de elección en estos casos, porque lo que vamos a escoger está escogido “per se”. Ahora, cuando nos encontramos con circunstancias en las que tenemos que decidir entre opciones que nos agradan, o entre alternativas que nos disgustan, la cosa se pone complicada, porque hay que medir muy bien el peso de nuestra decisión, prever las consecuencias, asumir que vamos a ser capaces de aceptarlas y asumirlas; dejando un margen de incertidumbre difícil de gestionar. Cuando nos situamos en ese momento presente en el que lo que tenemos resulta insuficiente, nos colocamos en una situación de responsabilidad y madurez que requiere que podamos sostener lo que pasa cuando elijo. 

Dicho lo cual, considero el modo condicional como un gran aliado de la literatura, por eso cada vez que ante un hecho pasado escucho el “si hubieras hecho tal o tal cosa…”, me revuelvo ante la injusticia e inconsistencia de una afirmación de tal calibre, realizada con un conocimiento “a posteriori”, inexistente en el momento de la elección.

París distraído, Hermés meditabundo, Atenea desdoblada, racial Afrodita, Hera anfitriona, y Eros enredando.

Tras la narración mítica, hacemos pequeños grupos de dos y tres personas identificando situaciones ante las que me cuesta o me ha costado decidir. Conformamos un juego de personajes inspirado en el mito y su contemporaneidad, que luego plasmamos en un role playing, desgranando lo que pasó ante mis decisiones, y el aprendizaje que ha supuesto para procesos futuros.

Elijo que me critiquen como soy, a ser alguien que no soy
Elijo declararme al chico que me gusta y que me deje en la “friend line”, a quedarme con uno que no me gusta aunque yo le guste.
Prefiero quedarme sin móvil a quedarme sin mascota.
Entre dos personas a las que quiero mucho como mi mamá y mi papá, no puedo elegir.
Me da igual elegir (Elijo no elegir).

 

Mi mayor desafio

Uno de los mitos que me resulta más inspirador a la hora de pensar en los desafíos es el de Marsias, un sátiro que se atrevió a retar al dios Apolo tocando una melodía musical.

Desafiar a un dios era algo arriesgado y en cierto modo temible; si no se superaba el reto, la divinidad castigaría “con razón” al contrincante; si por el contrario, se superaba, era fácil pensar en que en el momento más insospechado se sufriría uno u otro escarmiento.

Marsias fue arriesgado, máxime sabiendo las habilidades de Apolo con la lira, pero ¿qué es la vida sin desafíos? ¿sin retos que nos ayuden a superarnos? ¿sin sueños que nos saquen de nuestra zona de confort?

Con esta historia como telón de fondo, arrancamos una sesión en la que generamos varias dinámicas que propician el que cada participante comience a indagar en: ¿cuál es la actividad que he hecho, que habiendo necesitado de mi esfuerzo, me ha hecho sentir más satisfecho, porqué? ¿a qué me condujo todo lo que pasó mientras tanto…?

Con todo ello construimos una escenografía personal a base de telas y accesorios, que nos hacen aterrizar en el mayor desafío de cada un@, en cómo, cuando y porqué lo hicimos… Abordamos también lo que fue un fracaso, pero sirvió para aprender, lo que generó en los demás, en lo que ocurrió después, y la repercusión que tiene en el ahora.

Ponemos atención a las señales corporales que nos “avisan” de lo que nos conviene y lo que no. Planteamos la importancia de romper barreras, la necesidad de ponernos objetivos con pasos y tareas para acometerlos, rescatamos el valor de la persistencia, y nos lanzamos a la aventura.

 

 

La actitud ante la ofensa

En esta ocasión nos servimos de la dramatización y la experiencia plástica para expresar y “situar” cómo nos posicionamos ante la ofensa. Historias del pasado, y acontecimientos del presente sirven para exteriorizar el que nos enfademos o no ante la actitud de los demás. La cuestión es hasta que punto esto lo podemos elegir.

Historias varias y materiales mixtos para situar la actitud ante la ofensa

No se trata solo de la buena o “mala” intención de manera expresa del prójimo, es un poquito más complejo. Yo me lo planteo como si hubiera dos frentes, el del otro y el mío propio. En el frente del otro hay varios elementos, lo que tiene que ver con la naturaleza de la persona que tengo al otro lado, y lo ligado a lo circunstancial. En mi propio frente está también mi esencia (cómo me tomo las cosas de modo natural), y el momento que vivo cuando alguien me ofende.

Con el otro solo podemos entender y/o aceptar, lo que a veces se traduce en “pasar” de lo que me han dicho. Con nosotros tenemos más margen de maniobra, podemos “subir a otro plano” observar lo pasado desde fuera, evitar que nos afecte personalmente, e incluso colocarlo como una enseñanza vital.

No te tomes nada de manera personal

Una manera de abordarlo desde la mitología latinoamericana es la perspectiva del águila, que supera la de los animales que están “abajo”, contemplando el universo desde las alturas. Algo que Miguel Ruiz con sus cuatro acuerdos toltecas recoge en el cuarto: No te tomes nada de manera personal.

Y es que, lo que hacemos con lo que nos ocurre, con lo que los demás nos dicen, tiene en gran medida que ver con nosotros, con lo que queremos hacer, con lo que dejamos que nos construya y con lo que permitimos que nos mine y nos desmorone. Cuando hacemos frente a la idea de que los demás quieren hacernos daño, empezamos a reducir la energía negativa y tóxica de quien quiere herirnos, y acabamos diluyéndola.

 

La oración budista

La oración budista tibetana empieza con un kora, que consiste en girar los rodillos de oración siguiendo el sentido de las manecillas del reloj; después encienden velas o meditan en un lugar en paz.

Hay quien practica posturas de yoga, mientras otros se sientan en silencio a contemplar el paisaje, o cerrando los ojos se dejan llevar por su interior.

Todo el mundo es bienvenido. Mas que una religión es una forma de espiritualidad. Todos pueden ser budistas y “otra cosa”. Puedes ser monje budista y casarte y tener hijos… los preceptos son muy sencillos, parten del dejar vivir y el no desear.