Tercera piel, mi espacio vivido

Una de las cosas que nos rodean y nos construyen tiene que ver con el espacio que ocupamos y nuestra relación con él, de ahí esa continuidad de nosotros mismos en lo que hemos denominado “tercera piel”.

Puede que no siempre seamos conscientes del peso simbólico que el espacio ejerce en nosotros y en los que nos rodean, pero si un@ se fija, cuando accede al espacio físico perteneciente a otra persona, se adentra en un territorio lleno de información, significado, y claves para desentrañar a la persona.

La casa de cada un@

La instancia más inmediata del espacio vivido es la casa de cada un@, y dentro de la casa, la pieza o piezas que consideramos propias. Puede que un adulto se encuentre más en sintonía con la cocina -por ejemplo-, que con el dormitorio; pero en el caso de los adolescentes, la pieza más próxima suele ser la habitación de cada un@. El que sea compartida o no determinará cómo definimos y limitamos nuestro “espacio” o “sub-espacio” más personal y cercano.

Hoy hemos abordado la plasmación de ese espacio y la ensoñación sobre el mismo. Hemos partido de cada realidad personal, para adentrarnos en la fantasía, retomando elementos realistas necesarios para tomar consciencia y redefinir como querríamos y podríamos configurarlo.

Más espacio, más o menos cosas, el orden y la distribución del mobiliario, el color de las paredes, el del suelo y el del techo, incluso… Un conjunto de elementos a considerar sabiendo que el significado simbólico del espacio tiene una gran incidencia sobre los procesos situados en la base de la identidad social en relación con el entorno. La Psicología Ambiental, (disciplina que analiza las relaciones entre las personas y su entorno), evaluaría y situaría estos elementos y su interrelación.

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