Huella de afectos y juego transformador

Cada vez que en esta ciudad, me acerco a contemplar el trabajo artístico que se realiza con los más pequeños, me debato entre dos bloques de “sentires” que me resultan contradictorios. Por un  lado: el reconocimiento, el agradecimiento y la empatía. Por otro: la decepción, la crítica y la rebelión. El primer conjunto de “sentires” aprecia la entrega y el trabajo de los educadores, y pone en valor el recorrido con l@s chavales. El segundo, tiene que ver con la constatación desde hace años, de que conceptos relacionados con: pensamiento creativo, educación artística, desarrollo emocional desde las artes, SOLO se desarrollan con los más pequeños; y cada vez que me ocurre esto, me pregunto: ¿qué pasa, que los niños no crecen? ¿qué ocurre con los preadolescentes, y con los adultos? con todos los demás ¿no tienen necesidades educativas emocionales

En general, nuestros niños aterrizan en la guardería, de ahí pasan al colegío, y más o menos hasta los 6 años tienen un acompañamiento artístico-emocional muy intenso. Después, de modo variable, ÉSTO queda interrumpido. El concepto de juego evoluciona hasta diluirse y llegar a la adolescencia en la que ya estamos absolutamente desocupados delproceso. Y es cierto, son edades difíciles, de mucho cambio físico, mental y emocional; edades en las que l@s chic@s no saben ni lo que quieren, ni como transmitirlo. Por no saber, a veces no saben ni LO QUE NO QUIEREN, y precisamente por ello es cuando más necesitan de todos estos estímulos y acompañamiento.

Juego simbólico y transformación

No creo que sea muy transformador el protestar y quejarse, me parece más enriquecedor expresar cómo ve un@ las cosas y trabajar al mismo tiempo contribuyendo al cambio.

La sesión de hoy conceptualmente estaba enfocada en la huella que en nosotros dejan los afectos. Hemos partido del juego simbólico construyendo una historia fantástica en la que entre los propios participantes han determinado sus  roles. En el reparto ha estado muy presente el origen de cada uno, el lugar al que llegaban (en conexión con la flor distinta), las características de cada participante que determinaban sus nuevas aptitudes. El “conductor del juego” ha orquestado el hilo de una historia en la que convivían: una paladin, una hechicera, una cazadora, una maga, una pícara, una guerrera… Después, hemos hecho visible la huella de los afectos en un gran mapa de sal de colores sobre papel continuo.

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